El interior se puede visitar, el cual resulta bastante acogedor, a pesar de que se nota mucho la restauración. Aquí se exhibe una pequeña colección de pinturas y objetos de la vida de Ana Bolena y su relación con Enrique VIII, por quien perdió la cabeza, primero metafóricamente hablando y más adelante literalmente. Entre otras cosas, exponen algunas cartas de amor entre ellos cuando aún eran amantes, antes de que Enrique se enfrentara a la iglesia católica y se montara la suya propia para poder divorciarse siempre que quisiera.
El extremo del jardín italiano da a un lago, así los millonarios propietarios del castillo podían relajarse observando los patos nadando y mirando los pequeños barcos que navegan por sus aguas. Vamos, que vivían bastante mal.
Otras dos peculiaridades de los jardines del castillo son dos laberintos. El primero es el típico de setos altos en el que hay que encontrar la salida, pero lo tenían cerrado. El segundo es un laberinto de agua.
Se trata de encontrar el camino hacia el centro siguiendo las baldosas. La particularidad de este laberinto es que cuando pisas alguna de las baldosas se acciona un mecanismo que abre un conducto de agua, formando una barrera líquida. Lo malo es que en esta época del año, el agua la tenían cortada, pero en verano con los niños tiene que ser divertido. Lo bueno es el espíritu mercantilista que impera, que te has mojado, no pasa nada.
Si es que lo tienen todo pensado.Después de esto tengo poco más que contar. Aquí todo cierra temprano, así que cogí el coche de vuelta a la casa donde estoy viviendo (aún no me resigno a llamarla “casa” directamente). Como tuve bastante suerte con el tiempo hasta ese momento, a la vuelta estuvo lloviendo a mares. De noche, lloviendo, con muchísimo tráfico y conduciendo por el otro lado, os podéis imaginar, pero esto será objeto de otra entrada, así que ya hablaré más delante de las peripecias al volante.
Besos para ellas y abrazos para ellos.








